RELACIONES ENTRE CONTROL SOCIAL Y ESTRATEGIA REPRESIVA
Estudio histórico y actual del proceso en Euskal Herria
5.- UN EJEMPLO MUY ACTUAL DE SISTEMA REPRESIVO PURO Y DURO:
Nos referimos a la tristemente conocida como "reconcentración" de la población civil cubana en campos fortificados y vigilados por el ejército español durante la última fase de la guerra de independencia de Cuba iniciada en 1895. Ante la imposibilidad española de contener el avance revolucionario cubano, Cánovas del Castillo nombró en febrero de 1896 al general Weyler con la orden de aplastar la sublevación a cualquier precio. Weyler mandó cerrar todas las tiendas que pudieran vender cualquier cosa a los independentistas situadas a más de 500 metros de los centros urbanos ocupados por los españoles; después, requisó todos los caballos existentes en las zonas insurrectas y prohibió la venta de otros; además, impuso el traslado de la producción de maíz a las zonas ocupadas por el ejército español; luego excluyó de la concesión de raciones alimenticias a los hijos y familiares de los independentistas armados y, por último, el 21 de octubre de 1896 mandó que en un plazo de 8 días se concentrara en campos militares toda la población civil residente en áreas rurales en las que actuaba la insurrección independentista. Esta ley prohibía que se extrajera comida y pertrechos de los recintos militares para repartirlos en el campo y aldeas abandonadas. Quien fuera sorprendido en el campo, fuera de los recintos, sería juzgado como rebelde.
Los efectos en la salud de decenas de miles de cubanos fueron terribles, como indican no sólo las fotografías y los artículos de observadores cubano y extranjeros, sino también los informes internos de las fuerzas de ocupación españolas, y se calcula que entre 1896 y 1898 murió el equivalente al 20% de la población cubana, y en concreto se han calculado en 300.000 las víctimas mortales de la reconcentración sobre todo por hambre y enfermedades, fundamentalmente ancianos, niños y mujeres. Aunque los resultados militares de la reconcentración fueron nulos, los españoles esperaron durante un año y en octubre de 1897 comenzaron a suavizar sus condiciones, pero no por su fracaso militar sino por los cambios internos dentro de España y por la necesidad de debilitar el independentismo concediendo una autonomía que atrajese hacia Madrid a la burguesía criolla, rompiendo la unidad independentista.
¿Cómo se llegó a una situación así? Es decir, ¿qué falló en la efectividad del proceso que va del control social a la represión estatal "normal" pasando por la vigilancia selectiva y la manipulación propagandística? Responder a estas preguntas es necesario para comprender más exactamente la dinámica de todo el proceso. Sin poder ahora retroceder mucho en el tiempo anterior a 1896, la clase dominante española en Cuba ya comprendió a comienzos de la década de 1830 que debía ampliar el consenso con los sectores cubanos ricos, pero que también debía mejorar los mecanismos de control social y agilizar las relaciones con las fuerzas político-represivas del Estado español en Cuba. Así, en 1834 se creó la llamada "camarilla de Palacio" que era un grupo de elite de los grandes propietarios españoles que se reunían semanalmente para debatir y decidir las líneas políticas fuera de los sistemas institucionales oficiales. Para finales de la década de 1850 en esta camarilla se propuso conceder permiso a algunos sectores cubanos para que realizaran reuniones similares, con el objetivo muy claro de conocer así anticipadamente y desde dentro el estado de opinión de la creciente clase criolla. Para 1861 funcionaba ya el primer club de esta índole, del que saldría una corriente reformista que, tras romperse y reorganizarse varias veces, sería un lastre del independentismo que iba ampliando su arraigo social y popular entre las clases trabajadoras y sectores medios.
Fue el mismo Cánovas del Castillo el que a finales de 1865 convocó una "junta de información" destinada a conocer por dentro la situación política del reformismo y del independentismo para poder ofrecer así luego una alternativa española. La crisis económica iniciada en Gran Bretaña a comienzos de 1866 bien pronto afectó a Cuba que para finales de ese año el Tesoro de la isla era incapaz de sufragar los gastos de una fragata de escolta. La crisis económica se ahondó y junto a cambios internacionales que no podemos exponer aquí azuzaron las contradicciones internas de modo que el sistema represivo español quedó desbordado y aunque recibía informaciones de que se preparaba una insurrección armada durante fines de 1867 y todo 1868, fue incapaz de abortarla pese a las fuertes divergencias internas entre los cubanos. Para 1877 la lucha revolucionaria sufría una de sus peores crisis internas pese a que las victorias militares españolas, muy fuertes, no habían podido aplastarla de todo. En 1883 empieza una nueva depresión económica en la isla que se ahondará hasta llegar a ser muy dura en 1895, año en el que comienza a finales de febrero la insurrección revolucionaria dirigida por Martí que avanza incontenible pese a su muerte en mayo, obligando a Cánovas a imponer la "reconcentración" vista.
A lo largo de este proceso el Estado español aplicó todas las medidas represivas a su alcance, como hemos visto, y también desarrolló todos los instrumentos de vigilancia y espionaje de que fue capaz para intentar conocer qué sucedía dentro del pueblo cubano, sin menospreciar la intervención de la prensa escrita. Especial atención prestó a aumentar su presencia visible o invisible en los núcleos más concienciados de la sociedad cubana, buscando atraerse a los reformistas y sobre todo a las clases ricas. Dentro de sus límites internos, y teniendo en cuenta su decadencia imperial, buscó varias veces ofertar soluciones suaves de descentralización administrativa y de autonomismo vigilado, siempre dentro de un áspero tira y afloja en el que la línea fuerte y dominante fue la de la cerrazón, el desprecio a los cubanos y el apoyo a sus sectores más intransigentes y fieles a la dominación española. Por eso, cuando el sistema represivo entero fracasó al haber fracasado antes el control y la vigilancia, los españoles no dudaron en intentar el genocidio de amplias masas de cubanos, logrando exterminar al 20% de su población.
Podemos citar bastantes ejemplos más sobre la interrelación sistémica entre control social, vigilancia, represión y propaganda de diferentes épocas y contextos que ya aparecen fielmente narrados desde la Biblia y los cronistas antiguos y griegos clásicos --uno paradigmático y siempre actual es el exterminio de unos 2000 esclavos organizados clandestinamente por los espartanos, según narra Tucídides en su obra La Guerra del Peloponeso-- y que se prolongan hasta ahora mismo, pasando por las reconcentraciones de campesinos vietnamitas por el ejército yanki; pero hemos escogido éste por su directa conexión con el Estado español y su extrema derecha nacionalista e imperialista fanáticamente enemigo de todo independentismo que cuestione la "unidad española. Un siglo después la extrema derecha española sigue idolatrando a Cánovas del Castillo no sólo por sus masacres sanguinarias en Cuba y Filipinas, sino también porque propugnó medidas implacables de destrucción de la cultura y lengua vasca, para arrancar de cuajo las raíces profundas de nuestra identidad histórica y conciencia nacional. La idolatría hacia Cánovas no es casual ni debida sólo a su brutalidad en Cuba, pues básicamente viene de su anterior brutalidad en la segunda guerra de resistencia nacional vasca en la península --la historiografía española oculta este contenido nacional vasco llamándola "segunda guerra carlista"-- que permitió a los españoles suprimir los Fueros en el verano de 1876.
El ejemplo de Cuba nos permite estudiar la concepción canovista de lo que es y cómo actúa una estrategia represiva con su sistema y paradigma.. Para cuando Cánovas decidió aplicar la "reconcentración" ya tenía una larga experiencia en la represión de los pueblos ocupados, especialmente de la parte peninsular de Euskal Herria. Aunque aquí no aplicó las reconcentraciones sí desarrolló desde la segunda invasión militar de Hegoalde en el siglo XIX una concepción estratégica integral en la que destacan la interrelación entre lo militar, lo político, lo cultural y lo mediático-propagandístico. Fue esta concepción integral por él diseñada la que azuzó y dirigió una masiva campaña de manipulación propagandística contra todo lo vasco, especialmente dirigida a crear las condiciones ideológicas y políticas que justificasen la supresión de los Fueros en 1876. En 1880, y ante el fracaso estrepitoso de ese sistema represivo, Cánovas lo perfeccionó e incluso lo expuso públicamente en el periódico de su propiedad, "La Política", defendiendo que se aplicase contra los vascos entre otras las siguientes medidas: hacer permanente el ejército de ocupación; obligar a todos los vascos a aprender castellano; aumentar los lazos entre los vascos y los habitantes del Estado; obligar a los sacerdotes a usar el castellano en el confesionario y en el púlpito y estrechar el control de la Iglesia vasca de base, los curas de pueblo, por parte de la burocracia eclesiástica española. Conviene recordar que todavía en 1880 la industrialización de Bizkaia no había alcanzado aún la rapidez e intensidad posterior, con sus efectos destructores sobre la sociedad campesina tradicional y con la llegada creciente de mano de obra extranjera, y que la de Gipuzkoa era muy incipiente, siendo inexistente la de Araba y Nafarroa.
Se trataba de una sociedad preindustrial no en el sentido de carecer de industria, que existía desde hacía varios siglos, sobre todo en metalurgia, armas y construcción naval, sino preindustrial en el sentido de que no se habían desarrollado las relaciones sociales típicas del industrialismo capitalista y menos aún la lucha de clases que le es inherente, cosas que ya existían otros países capitalistas. Pero la estrategia represiva de Cánovas tampoco era la de un astuto burgués de su época, si por tal utilizamos como modelo al prusiano Von Bismarck, pues la burguesía española no disponía aún de una concepción industrial de la represión, aunque la burguesía catalana ya había tenido algunas experiencias al respecto. Cánovas era muy consciente de la importancia extrema de la lengua y cultura para los euskaldunes, y de la presencia permanente del ejército, sobre todo, de la obligación recién impuesta a la juventud vasca de hacer el servicio militar español porque eran desde siempre factores fundamentales en la identidad de cualquier pueblo; por eso los atacó con tanta saña y fue uno de los máximos impulsores de la liquidación definitiva del sistema foral de autodefensa vasca. También era consciente de la importancia que en toda sociedad campesina juega la Iglesia, importancia que en la nación vasca se multiplicaba por las especiales relaciones del clero bajo con esas masas, y con la separación institucional entre poder foral e iglesia.
Que pese a estos pensamientos tan lógicos Cánovas sólo reflejaba los límites represivos de la clase a la que pertenecía se comprueba al ver cómo ésta reprimió militarmente desde 1891 en adelante todas las luchas y movilizaciones obreras primero en Bizkaia y más adelante en Gipuzkoa, mientras que otras burguesías ya habían desarrollado y aplicado sistemas represivos no militarizados del todo, con armas de semiletalidad y tácticas adecuadas para la disolución y/o agotamiento de marchas obreras y populares en medios urbanos industrializados. En realidad, estamos asistiendo al típico ejemplo de los límites estructurales de una clase burguesa débil y desbordada por la rapidez del estallido de todas las contradicciones internas, que resulta incapaz de resolverlas. Una cosa similar le sucedió al Imperio Ruso y a su burguesía, y a otra escala al decrépito Imperio Otomano y a su bloque de clases dominante, por citar algunos casos típicos de agotamiento del control social, de su vigilancia interna, de sus instrumentos de legitimación y manipulación, y de la represión policial, con la correspondiente crisis del Estado, en un contexto en el que la aceleración del tiempo histórico agudiza tanto todas las contradicciones que superan con creces a la capacidad de reacción de la clase dominante. El bloque de clases dominante en el Imperio español estaba a finales del siglo XIX totalmente desbordado en materia represiva, y por eso mismo la solución última fue, primero, la represión militar; después, los golpes de Estado de Primo de Ribera y Berenguer, y, por último, la sanguinaria dictadura franquista en cuanto adaptación a las condiciones españolas de las lecciones y esencias del nazi-fascismo internacional.
Estas consideraciones son bastante más importantes de lo que se piensa porque muestran, en primer lugar, que la clase dominante no duda en aplicar toda la brutalidad represiva de que es capaz su Estado cuando el control social, la vigilancia, la propaganda y la Policía han fracasado en la desactivación y represión de las luchas; en segundo lugar, que pese a los cambios e innovaciones en el sistema represivo, también hay constantes que se reiteran en esencia aunque varíen en sus formas externas; en tercer lugar, que la clase dominante no duda en cambiar partes accesorias del sistema represivo tradicional cuando queda superado, como es, por ejemplo y en la actualidad, la extinción del servicio militar obligatorio y la profesionalización militar; en cuarto lugar, conforme se agudizan las contradicciones y se endurecen los conflictos, los controles, las vigilancias y la simple propaganda van quedando desbordadas y en respuesta a esa superación, el Estado intenta levantar dique de contención más altos e insalvables, más feroces e implacables; en quinto lugar, que en esta dinámica tienen mucha importancia las organizaciones privadas de la burguesía, sus asociaciones y círculos, que no sólo sus partidos políticos y sindicatos oficiales, y también las instituciones paraestatales y extraestatales; en sexto lugar, que en todos estos ejemplos y como característica constante, es en las situaciones de opresión nacional cuando más rápidamente se constatan las debilidades del control social y la necesidad del Estado ocupante de endurecer su represión, y último, en séptimo lugar, en estos casos extremos son las directrices estratégicas provenientes del Estado, sobre todo si es ocupante de pueblos a los que somete, las que de un modo u otro y con ritmos y tiempos diferentes terminan por condicionar a grandes rasgos el control social y más concretamente la vigilancia selectiva.
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